En una entrevista con EFE, la hija de esta mujer, cuyo asesinato en 1997 fue el detonante de la aprobación, ocho años después, de la primera ley integral contra la violencia de género, cree que aunque este crimen marcó “un antes y un después” y representó un importante avance en la materia, el hecho de que desde entonces haya habido mil víctimas más en España demuestra que “algo sigue fallando”.

“No podemos permitir como sociedad que estas mujeres, una vez separadas con una orden de alejamiento, sean asesinadas (…) Los jueces no pueden cargar sus conciencias con más muertes”, dice Raquel Orantes, cuya infancia y la de sus hermanos estuvo marcada por la violencia ejercida por su padre y el calvario sufrido por su madre hasta hasta el punto de que no ha sido hasta hoy, a sus 46 años, cuando ha empezado a “vivir y disfrutar”.

Inmerso en un regreso

Con la figura de su madre “más viva que nunca”, Raquel Orantes cree que, a pesar de la ley, el sistema sigue dejando desprotegidas a las víctimas. Entiende que los jueces deben interpretar la ley sin dejarse llevar por “cuestiones ideológicas o religiosas” y advierte que “estamos inmersos en una regresión” porque hay quienes niegan la violencia contra las mujeres “por el mero hecho de serlo”, después de todos los años que, dice, ha tardado en llegar a este punto.

Hay que ir mucho más allá, sostiene, porque se sigue cuestionando a las mujeres por “aguantar” sin tener en cuenta sus circunstancias, y a los hijos de las víctimas “por no haberlos sacado de ese entorno”, algo por lo que, asegura. , ella y sus hermanos también han sido interrogados.

En cuanto a la reducción de penas que la aplicación de la ley del solo sí es sí, Raquel Orantes dice que se siente “indignada” y quiere “salir a la calle a gritar de nuevo”.

Cree que es una cuestión de “interpretación de leyes”, llamamiento a “escuchar a las víctimas” y entiende que los jueces deberían hacer justo lo contrario de lo que está pasando: endurecer las penas y asegurar su pleno cumplimiento, e incluso aplicar la prisión permanente revisable en los casos de asesinato de mujeres porque, a su juicio, “los maltratadores y violadores no lo son”. “socialmente insertables”, ya que son “asesinos y violadores ideológicos”.

La valentía de un testimonio que ayudó a otras víctimas

Convencido de que El “coraje” de su madre al hacer público su testimonio ha servido a lo largo de los años para aumentar las denuncias por malos tratos de las víctimas y su entorno, Raquel Orantes está segura de que la base de todo está en la educación en valores, la igualdad y la libertad.

El caso de Ana Orantes fue el detonante de la reforma del Código Penal sobre violencia de género y la aprobación, ocho años después, de la primera ley integral contra la violencia de género.

La atrocidad de este crimen marcó un antes y un después en España, removió la conciencia social y política de este país sobre el problema del maltrato y allanó el camino para la implementación de una serie de reformas legislativas, judiciales y de bienestar que fueron emprendidas por sucesivos gobiernos.

Orantes denunció en un programa de la televisión pública andaluza sobre palizas y vejaciones a la que fue sometida durante cuarenta años por su exmarido, quien trece días después de ofrecer ese testimonio, el 17 de diciembre de 1997, la mató quemándola viva en la casa de Cúllar Vega (Granada) que, por decisión de un juez de la paz, compartieron después de separarse.

Tenía 60 años cuando fue asesinada. Se casó con su verdugo a los 19 años y padre de sus 11 hijos (tres de ellos fallecieron), y fue a los tres meses de casada cuando recibió la primera golpiza: “Pensé que me había partido la cara de la que me dio”, relató entonces.

Aislada de su familia -visitaba a escondidas a su madre- ya base de humillaciones, amenazas y palizas transcurrió la vida de esta mujer, cuyo único respiro era la ausencia de su marido por trabajo, periodos en los que ella y sus hijos aprovechaban para retomar la vida.

Sin saber a dónde ir Sin apenas formación y con ocho hijos a su cargo, soportó cuarenta años de maltratos y humillaciones, de los que trató de librarse con unas quejas que nunca sirvieron para poner fin a su calvario: “En ese momento, la consecuencia de la denuncia fue el arresto domiciliario (del abusador)”, lo que empeoró la situación, por lo que terminaron por retirarlos.

Su impactante testimonio, que hizo público cuando se divorció y logró superar sus miedos, cobró especial valor y relevancia en una época en que los abusos quedaban en el ámbito privado y las leyes no protegían a las víctimas.

Reconocimientos como referente en la lucha contra la violencia machista

Hoy, 25 años después, calles con su nombre en toda España, una Escuela de Formación para la Igualdad y otras iniciativas educativas vinculadas a su historia para reivindicar los derechos de las mujeres honran a Ana Orantes en reconocimiento a su valentía –“su mayor legado”, dice su hija- y la ayuda que, con su testimonio, brindó a otras víctimas.

Su hija cree que aunque siempre le hicieron creer que “no valía nada”, Ana Orantes estaría hoy “orgullosa” de haber ayudado a otras víctimas y de haber “conmovido los corazones de hombres y mujeres por igual”.



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